La noche del 22 de noviembre de 1995 quedó marcada para siempre en la memoria de la comunidad de Llorente de Tibás. Lo que parecía un hogar ejemplar, donde Carlos Alberto Vargas Hernández, su esposa Marjorie Quirós y sus tres hijos criaban con amor y dedicación, terminó en una cruenta tragedia que estremeció a todo el país.
Carlos Vargas, gerente de la sucursal del Banco de Costa Rica en el barrio capitalino González Lahmann, era un hombre respetado y conocido en su comunidad. Junto a Marjorie, su esposa, y sus tres hijos —Pablo, Esteban y el pequeño Carlitos, de apenas año y medio— conformaban una familia unida. Sin embargo, la noche de ese día cambiaría para siempre sus vidas.
La pesadilla comenzó cuando Alexánder Vargas, conocido como “Repollo”, un excajero de la sucursal bancaria donde trabajaba Carlos, apareció en la casa familiar acompañado de Olman Salas Villegas, alias “Milory”. Repollo conocía bien a Carlos y su familia, incluso había trabajado junto a él y había compartido cenas en su casa y tenía un hijo de edad similar a la de Carlitos.
Sin embargo, su plan era atroz: obligar a Carlos a abrir la bóveda del banco para robar el dinero y luego eliminar a toda la familia para evitar testigos. Cuando Marjorie abrió la puerta, confiada, permitió la entrada de ambos hombres sin sospechar que la vida de la familia Vargas Quirós se tornó un verdadero infierno.
Vargas Rojas había trabajado como cajero en el BCR años atrás, y era amigo de Carlos Vargas, quien era gerente. “Repollo” cometió una estafa por una suma considerable de dinero, lo que llevó a que su jefe lo denunciara. A raíz de esto, el hombre vecino de Poás, en Alajuela, planeó robar el banco, aunque la venganza que buscaba fue mucho más cruel.
“Repollo” y “Milory” sacaron sus cuchillos, amenazaron a su esposa y ataron a los niños Esteban, de 10 años, y Pablo, de 12, mientras que el pequeño Carlitos, de apenas 15 meses, dormía en la cama de sus padres. Al caer la madrugada del 23 de noviembre, y mientras los hijos del matrimonio seguían amarrados cuando Carlos llegó a la casa de la Universidad se encontró con la terrible escena: los dos hombres sacaron a Marjorie del baño y la apuñalaron repetidamente frente a él. Ella murió lentamente, mientras sufría un abuso sexual. Carlos gritaba desesperado pidiendo ayuda por la vida de su pareja.
En ese momento, el bebé despertó y empezó a llorar, por lo que Salas Villegas, sin mostrar compasión, lo estranguló para evitar que alertara a los vecinos. Luego, lo envolvió en unas cobijas y dejó su cuerpo sobre la cama. Cuando el gerente vio que habían asesinado a su hijo, accedió a entregar las claves del banco para evitar que mataran a su dos hijos restantes, pero “Repollo” y “Milory” lo degollaron. Así, habían cumplido con su objetivo.
El impacto en la comunidad fue inmediato. Vecinos y familiares, como María Tenorio, madre de Marjorie, quedaron devastados. La solidaridad se volcó en apoyo a los niños sobrevivientes y a la familia en general.
Gracias al valioso testimonio de Pablo y Esteban, la policía pudo identificar a los culpables. Alexánder Vargas y Olman Salas fueron capturados y en agosto de 1996 fueron condenados por tres homicidios calificados, robo agravado y privación de libertad.
Alexánder Vargas fue sentenciado a 173 años de prisión, mientras que Olman Salas recibió 155 años. Durante el juicio, Vargas intentó alegar que actuó bajo la presión de Milory, pero esto no mitigó su condena.
En un giro inesperado, en agosto del 2001, Vargas se fugó del centro penitenciario La Reforma tras rendir un examen académico de la Universidad Estatal a Distancia (UNED) dentro de la prisión. Sin embargo, fue recapturado en marzo de 2002 en La Puebla, cerca de Heredia, donde continúa cumpliendo su condena.
Treinta años después, el crimen de Llorente permanece como un caso emblemático de violencia y traición en Costa Rica. La comunidad de Tibás aún recuerda aquella noche con dolor y solidaridad, honrando la memoria de Carlos, Marjorie y el pequeño Carlitos, en un caso que puso sobre la mesa la importancia de la seguridad en las instituciones bancarias y la necesidad de proteger a sus familias.
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