Por Pablo Vargas | pvargas@revistalevelup.com.

¡Qué pedazo de obra maestra es Hair (1979)! Un canto a la vida, la libertad y la juventud, pero también una devastadora elegía a todo lo que la guerra se lleva y que nos envuelve en un torbellino de música, colores, rebeldía y camaradería. Y luego, sin esperarlo, el golpe maestro. Un verdadero gancho al hígado que te deja sin aliento y con el corazón completamente roto, cuando el sacrificio se materializa de la forma más desgarradora posible que transforma cada línea previa, cada risa y cada canción en un presagio doloroso. 

De repente, la frase “Creo que Dios cree en Claude, y ese soy yo” deja de ser una afirmación lúdica de identidad para convertirse en una sentencia irónica, un eco trágico que retumba en el silencio posterior. Y es que ver a los jóvenes caminar hacia el abismo oscuro de la parte trasera del avión es verlos ingresar a una tumba aérea. La luz se desvanece, sus siluetas se funden en un mismo destino, y comprendemos que muchos de ellos no volverán jamás. Ese plano, tan simple y tan brutal, es de los que se graban para siempre en la memoria.


Porque al final, la cámara no necesita mostrarnos la guerra; basta con esa marcha hacia la oscuridad para que el peso de la pérdida caiga sobre nosotros como un muro. Es ominoso y a la vez emocionalmente perfecto: el instante en que la exuberancia del musical se derrumba ante la crudeza de la historia. Y entonces llega "Deja entrar el sol", no como un himno alegre, sino como un grito colectivo que intenta atravesar la desesperación. 

Las voces se alzan contra un cielo que no responde, como si la canción fuera un conjuro para impedir lo inevitable. La ironía es que su poder emocional se intensifica precisamente porque sabemos que no cambiará nada. Ese contraste -la belleza del canto frente a la certeza de la tragedia-, es lo que convierte esta escena en una de las más poderosas del cine. Es una rendición aplastante ante la indiferencia del universo, un reconocimiento de que ni las protestas ni las canciones pueden revertir la lógica fría de la guerra. Ese silencio que sigue a la música no es vacío: está lleno de todo lo que se perdió y de todo lo que nunca se vivirá.


Y por ello, es que el mensaje de la película resuena hasta la fecha, porque más allá de Vietnam, habla de un ciclo que la humanidad no ha sabido romper. En un tiempo en que las noticias aún se llenan de conflictos y el sacrificio inútil de jóvenes, arrancados de su vida cotidiana para servir a intereses lejanos y abstractos, continúa repitiéndose en distintos rincones del mundo. Pero ante todo, nos interpela directamente y nos exige recordar que detrás de cada uniforme hay una vida única, y que ninguna causa justifica el precio de arrebatársela. 

Por mucho, una de las películas más poderosas, desgarradoras y emotivas de la historia.

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